Condicionantes teóricos en el surgimiento de la sociología de la infancia:el caso de la sociología española

Por Iván Rodríguez Pascual
Departamento de Sociología y Trabajo Socia

 

Lo que llamamos "sociología de la infancia" o "estudios sociales sobre la infancia", es un campo de trabajo muy reciente en el panorama de la praxis sociológica en el nivel nacional e internacional. Tanto, que a veces adornamos esta etiqueta con el epíteto "nuevo" (la "nueva" sociología de la infancia, etc.). ¿cuán nueva es la sociología de la infancia?.

Aunque existen excepciones a esta norma, difícilmente podríamos hablar de un campo de estudio o rama teórica independiente (o relativamente independiente) dentro de la sociología hasta los años ochenta, y en este caso sólo como actividad emergente pero no consolidada en el marco sociológico. La manera en que ésta ha conseguido un cierto grado de institucionalización en el mundillo académico da buena cuenta de la bisoñez del fenómeno: La iniciativa en este sentido correspondió en 1984 a la Nordic Sociological Association, iniciativa pronto extendida a otros ámbitos y otras asociaciones representativas del quehacer sociológico; se establece en 1990 una sección dentro de la American Sociological Association denominada "Sociology of Children" ("sociología de los menores" o "de los niños", en contraposición a otra de las denominaciones corrientes, la "sociología de la infancia" [Childhood / Kindheit]); De otra parte, en 1990, aunque constituido a finales de los ochenta, se presenta por vez primera en Madrid, en el contexto del decimosegundo congreso mundial de sociología y de la Asociación Internacional de Sociología (ISA), el comité de investigación dedicado a la sociología de la infancia ("Sociology of Childhood"); En 1995 se reproduce el fenómeno en el marco de la sociedad alemana de sociología [Deutschen Gesellschaft für Soziologie], en el que aparece un grupo denominado "Soziologie der Kindheit". El camino de la institucionalización de la sociología de la infancia, por tanto, arranca en tiempos recientes y apenas tiene veinte años de vida.

¿Supone esto que el terreno del estudio sociológico de la infancia ha permanecido virgen desde entonces?

En mi opinión sería un error considerarlo de esta manera. La reivindicación por parte de los profesionales que trabajan desde la óptica sociológica por y para la infancia es que ésta se convierta en un objeto de estudio propio y legítimo, y que la idea de que la infancia es, en última instancia, una construcción social -recurrente y seminal en este campo de estudio-, sea reconocida como un principio legitimador de la visión sociológica sobre los niños y su vida social.

Sin embargo, el problema de la teoría sociológica clásica no ha estado tanto en el olvido de la infancia, sino en su instrumentalización, en la medida que se ha ignorado la pertinencia del análisis de la infancia en clave sociológica por el interés propio que ésta despierta, subyugando éste a la necesidad de ilustrar otros conceptos y teorías, tales como los aspectos del desarrollo infantil que están involucrados en la socialización.

Ha habido, de hecho, importantes trabajos teóricos en torno a los menores en el marco de la sociología más clásica, cuya calidad no es en absoluto despreciable: encontramos una proto-teoría sobre el desarrollo infantil en las consideraciones del Durkheim que enseña pedagogía y que construye una visión moral de la educación sobre la base de una concepción ambientalista-comunitaria del desarrollo infantil; testigo que recogería, en cierta manera, Talcott Parsons en la que quizás ha sido la aportación más discutida al estudio de la infancia, donde son la plasticidad, la sensibilidad y la dependencia las características fundamentales del niño, aquellas sobre la que se apuntala la interiorización del sistema normativo a la que la socialización obliga; Otras aportaciones han girado en sentido opuesto al rígido determinismo cultural parsoniano, como es el caso de la obra de G.H. Mead y Ch. Cooley y su visión interaccionista y plural del desarrollo de la identidad propiamente humana en el transcurso de contextos sociales; Por último, otras visiones de la infancia son hoy poco conocidas o permanecen en un relativo olvido, como es el caso de la Teoría de las generaciones de K. Mannheim o la aproximación freudiana que N. Elias realiza en su Proceso de la civilización, en mi opinión, por cierto, uno de los acercamientos más certeros al problema de la vinculación entre la sociogénesis y la filogénesis, nudo gordiano de eso que llamamos "desarrollo infantil" y cuestión que la nueva sociología de la infancia habrá de abordar en un futuro cercano con mejor o peor fortuna.

Ninguna de ellas fue, sin embargo, completa, en la medida que los niños que pueblan estas aproximaciones fueron siempre, y en mayor o menor medida, seres sin rostro, organismos pre-sociales, de los que se retrataba ésta o aquella cualidad que servía para explicar otros procesos sociales, pero de los que nunca se nos ofreció una imagen completa o con ambiciones de serlo. Uno de los pioneros de la sociología de la infancia, por ejemplo, alude a la siguiente circunstancia (Jenks, 1982): Talcott Parsons está interesado en elaborar una teoría integradora del sistema social que dé cuenta de cómo la sociedad socializa a los individuos reproduciendo el consenso normativo básico que sustenta el orden social, por ello enfatiza el aspecto de continuidad que implica el proceso de socialización entre generaciones y por ello la infancia se presenta exclusivamente como una receptora pasiva de dicho consenso normativo; finalmente, la sociedad "consume" a la infancia en el proceso inexorable de reproducción del orden social. Así que el problema radica tanto en el escaso desarrollo teórico sobre la infancia como en la finalidad puramente instrumental con que éste se ha abordado. En la práctica esto significa que se ha investigado poco sobre los menores desde una perspectiva sociológica, que se ha escrito escasa y limitadamente, y que faltan teorías de referencia -no ya a gran escala, ausentes en muchos otros casos- sino incluso de corto alcance. Uno de los pocos intentos de la sociología española por acercarse al estudio sociológico de la infancia comenzaba con estas palabras (Aguinaga y Comas, 1991: 3):

El análisis de los procesos sociales en los que se desarrolla, y transcurre, la evolución de la vida infantil hacia la condición de adulto apenas ha sido considerado desde la sociología. No aparecen referencias bibliográficas, ni mucho menos una teoría establecida o un marco de referencia mínimo. Parecería, y éste es ya un dato de partida, que el espacio previo a la vida del adulto no es un espacio social o al menos no ha sido analizado nunca como tal.

Y ni tan siquiera era una idea original, en la medida que ya ha sido apuntada en el ámbito de la sociología en lengua inglesa -más dada a estos temas- como puede comprobarse en Jenks (1982; 1996), donde el autor explica que la constitución del campo de la infancia resulta problemática para la sociología en la medida en que la teorización producida sobre los sistemas sociales descansa en modelos sobre lo que hay de "racional", "normal" y "natural" en la conducta humana, esto es, que la sociología se escribe con las palabras de los adultos . Por otro lado, a la pregunta de dónde están los menores en el pensamiento sociológico habremos de responder que "cuando se les estudia se ha enclaustrado sus vidas y experiencias en unos pocos subcampos sociológicos -la familia, la educación y la socialización- y son pocos los estudiosos de la organización social, el trabajo, la sociología política y urbana o la estratificación que prestan alguna atención a la existencia de los menores o la cualidad de la infancia. La teoría sociológica muestra un particular adultocentrismo, lo cual la lleva a considerar a los menores sólo desde la perspectiva de la reproducción del orden social" (Neustadter, 1989: 200).

Pero si hoy se enseña la sociología de la infancia en las universidades, se reúnen grupos de investigación en las grandes asociaciones o federaciones de asociaciones sociológicas para tratar la infancia como objeto de estudio y constituir redes de investigadores, o se ponen en marcha cursos como éste en el que se analiza el espacio social de la infancia, habremos de concluir que algo ha cambiado en el planeta sociología; que hemos entrado en una fase nueva del conocimiento de la vida de los niños y las niñas, una fase nítidamente marcada por el carácter distintivo de la mirada sociológica, ésa mirada que nos lleva a interrogar a la sociedad sobre las condiciones de su existencia y reproducción, que nos obliga a plantearnos que tipo de procesos y fenómenos sociales afectan a la vida cotidiana de los menores, de qué modo, en fin, ser niño es bosquejar una existencia social en la misma medida que consideramos seres sociales -sin resquicio para la discusión- a los adultos.

Por eso hablamos hoy de una sociología de la infancia y hacemos referencia, en mi opinión, a una sociología diversa. Porque no es diferente de la sociología clásica en sus métodos ni en sus técnicas, ni renuncia a ésta en la explicación de los fenómenos sociales, pero se aleja de ella por el escorzo que introduce en esa mirada sociológica. Un escorzo que significa una renuncia definitiva a esa concepción instrumentalizada del estudio de los menores y el contexto social en el que se desenvuelven. Al contrario, la infancia es el espacio social de la vida de los niños (dirán algunos de los principales representantes de la disciplina, como W. Corsaro y J. Qvortrup), y éste espacio ha de ser analizado en detalle porque constituye legítimo y necesario objeto de estudio de la sociología. Está en juego el conocimiento de algunos aspectos fundamentales de la vida social: los condicionantes de la socialización, la comprensión misma de este fenómeno y del papel que en él juegan los propios niños junto con los adultos; la manera en que la estructura social condiciona las oportunidades vitales de los individuos; la relativa permeabilidad de normas y valores entre generaciones; el significado de la infancia en el marco general del ciclo de vida familiar; la relación entre la estratificación social y las prácticas educativas; el estudio de las actitudes culturales hacia la infancia y la educación y la relación de éstas con fenómenos como el maltrato infantil; y a buen seguro muchos otros que escapan a la prontitud con que todos los anteriores se muestran a la mirada del sociólogo, si bien pueden ser igualmente relevantes. Que la infancia haya faltado en la mirada sociológica no tiene justificación teórica alguna, máxime cuando esto ha permitido la eclosión de un cierto pensamiento psedudosociológico, a menudo impreciso y desprovisto de contrastación empírica, facturado desde posiciones periféricas a nuestra disciplina (Aguinaga y Comas, 1991).

El primer y más importante condicionante teórico del surgimiento de la sociología de la infancia es, pues, la asunción de ésta como objeto de estudio per se, no sujeto a análisis parciales o instrumentalizados, sino autónomo en tanto tiene que serlo en la medida que los niños son seres sociales por el hecho de ser niños y dependiente de otros desarrollos teóricos, en la medida que será necesario conectar su análisis con el de la estructura social misma y los procesos que en ella acontecen. Será esta relativa autonomía de nuestro objeto de estudio, al tiempo que su relativa dependencia de otros fenómenos sociales más amplios, la que de lugar a las dos derivaciones principales de la comprensión sociológica de la infancia: el análisis etnográfico y su interés por el estudio de la agencia de los menores en el contexto de los grupos de pares y las instituciones sociales (Corsaro, 1985; 1986; 1992; 1997; Corsaro y Eder, 1990; Corsaro y Rizzo, 1990; Corsaro et al., 1992) y el análisis estructural, más interesado en resaltar los condicionantes estructurales que concurren en la construcción de una determina representación social de la infancia y las consecuencias que esto tiene en la vida de los menores (Qvortrup, 1999; 1993; 1994; 1997a; 1997b; 1987).


De esta manera, obtenemos una imagen general de la sociología de la infancia: contamos con una suerte de paradigma asentado cuyos contenidos son variables, pero que puede ser caracterizado ya como tal, en la medida que engloba una serie de características típicas como (Brannen y O´Brien, 1996):

a) se propugna que los menores sean objeto de estudio per se;
b) que constituyan, además, las unidades de observación.
c) que puedan hablar con su propia voz sobre sus experiencias.
d) que se contemple la infancia como parte de una estructura social dada.
e) que se estudie a los menores desde una dimensión presente, y no sólo en tanto que futuros adultos.
f) que sea la infancia contemplada desde una perspectiva intergeneracional.

Allison James y Alan Prout (1997) añaden a éstas las de:

g) caracterizar la infancia como construcción social o componente estructural y cultural de las sociedades (no negándose al tiempo su carácter biológico y natural).
h) el reconocimiento de la relación existente entre la infancia y otras categorías sociológicas como el género o las clases sociales.
i) la consideración de los menores como agentes activos en la construcción de su vida social.
j) la idoneidad del método etnográfico para el estudio de la misma.
k) la presencia de una "doble hermenéutica" que vincula este nuevo paradigma con la tarea de reconstrucción de la infancia en las sociedades modernas.

Cabe mencionar, sin embargo, que no creo que la consolidación de la sociología de la infancia como campo de estudio pueda ser explicada en términos exclusivamente teóricos o científicos. Muchas cosas han cambiado en el mundo de los niños y en la representación social de la infancia que han actuado como factores coadyuvantes en la creación de una nueva inquietud sociológica por el desvelamiento de las claves sociales de la vida infantil, y en este sentido han de ser considerados también condicionantes en el surgimiento de la sociología de la infancia. Cabe referirse aquí al hecho de que sólo recientemente los menores se han convertido en sujetos de derechos específicos , lo que ha contribuido a facilitar su "visibilidad" social y a trasladar al primer plano de los debates políticos los problemas que a ellos les afectan; por otro lado, los interrogantes que el final del siglo XX nos dejó en torno a los nuevos problemas que sacuden a las familias y a los niños, incluso en los países pretendidamente desarrollados o industrializados (la caída de la natalidad, la pobreza infantil, el fracaso de los sistemas educativos, los flujos migratorios y los problemas de la integración social, la influencia de los medios de comunicación en el desarrollo infantil, el cambio en las formas familiares, etc.), nos han obligado a volver la vista a la infancia, que ya no parece ser un elemento exclusivo del control familiar y la vida privada.

La creación de eso que llamamos sociología de la infancia, responde por tanto, a la intersección de una doble de corriente de factores de cambio social y teórico que tienden a imbricarse e influirse mutuamente, actuando como condicionantes de la visión sociológica de la infancia pero, y aquí la complejidad reflexiva del fenómeno se hace evidente, también como elementos condicionados por la actividad de los investigadores y sus hallazgos. Intento resumir estos factores en la tabla siguiente.

Factores sociales y culturales Condicionantes teóricos

-Se progresa en la consecución de derechos específicos para los niños y cauces de participación social para los mismos, favoreciéndose una representación social de la infancia que la aleja del estado pre-social y privado.

-Aparece una nueva problemática relacionada con el desarrollo infantil y el bienestar en las sociedades desarrolladas, que viene a sumarme a los problemas acumulados por la población infantil en los países en vías de desarrollo. Parte de esta nueva problemática demanda la profundización en un conocimiento de tipo global, que desvele los mecanismos que intervienen en el proceso de maduración y el establecimiento de una relación entre el niño y el espacio social que habita: los cambios en las formas familiares y las dificultades en la crianza de los menores, la caída de la natalidad, la integración de los menores en los espacios institucionales, el problema de la emancipación de la mujer y las consecuencias para la infancia, etc.

-Se extiende la idea de la complejización del mundo social, y de la necesidad de que la crianza y la socialización de los niños no sea exclusivamente una tarea privada en manos de la familia. Causas: familias de doble carrera, problemas a la hora de compatibilizar trabajo asalariado y familia, difuminación de las fronteras de la infancia, maduración prematura, exposición incontrolada de los menores a los medios de comunicación y aparición del menor como consumidor. Esto puede contribuir a la superación de la retórica familiarista que convierte a los niños en sujetos de la vida privada familiar.

-La creciente pedagogización y psicologización de los problemas sociales de la población infantil no parece resolver satisfactoriamente las nuevas necesidades en torno a la socialización de los menores. Parece necesario que el debate se plantee en torno a las condiciones de vida de los niños y en forma de problemas sociales, no estrictamente educativos, pediátricos o psicológicos.

-Proposición de la infancia como objeto de estudio per se. Rechazo de la instrumentalización del estudio de la infancia.
-Profundización en el estudio de los aspectos estructurales y de la agencia de los menores, que permitan liberar a la infancia del estigma de la simple dependencia o de la pasividad en la asimilación de contenidos normativos.

-Interés por convertir a los menores en, al menos, las unidades de observación. Adaptación de diseños de investigación y técnicas concretas para recabar información directamente de los menores.

-Conseguir la "visibilidad" de la población infantil en el análisis de los fenómenos sociales.

-Desarrollo de dispositivos concretos de medición del bienestar de la infancia (indicadores sociales para la infancia, por ejemplo).

-Caracterización de los menores como población de riesgo ante determinados problemas sociales: pobreza, exclusión social, trabajo infantil, etc.

-Institucionalización académica del nuevo saber: constitución de grupos de trabajo y establecimiento de redes de investigadores, consolidación de la sociología de la infancia como materia docente e investigadora, disponibilidad de datos sobre la infancia (bases de datos de libre acceso, publicaciones, centralización en la producción de indicadores, etc.)

Cabría preguntarse en qué punto concreto del proceso se encuentra la sociología española, y a esta cuestión sólo cabe responder que ésta parece hallarse aún en los momentos iniciales de tal proceso de desarrollo e institucionalización del nuevo saber. No han faltado referencias en la sociología española que trataran el tema de la infancia, desde la referencia pionera de Gastón (1978) a otras más recientes como las de Aranguren (1983), Varela (1986) o Aguinaga y Comas (1991), cuya indudable calidad y finura teórica han sido directamente proporcionales a su soledad en medio de una generalizada indiferencia hacia este nuevo campo de estudio. Recientemente, Gualda y Rodríguez (2002), sobre la base de una muestra de estudios sociológicos publicados sobre la infancia, concluyen que falta todavía mucho camino por recorrer en este sentido, dado que la investigación social española sigue anclada en un núcleo muy restringido de técnicas de investigación, no siempre adaptadas a los menores, y siguen primando los estudios que no reconocen a los niños como unidades de observación (esto es, que obtienen datos indirectos sobre la población infantil). Por otra parte, aunque se dan ya muchas de las condiciones sociales y culturales que he señalado en páginas anteriores, subsisten, en mi opinión importantes obstáculos hacia la consecución de una mayor visibilidad para los niños y las niñas en el análisis de la realidad social.

Permanece un discurso apologético en torno a la institución familiar que constituye, en realidad, una trampa para las familias, en la medida que las condena a cargar con importantes costes que pertenecen, en realidad, al conjunto de deberes que un Estado del Bienestar debe afrontar. Discurso que tiene, como contrapartida, la consideración de la infancia como un asunto privativo de la autoridad paternal y fenómeno del ámbito privado-familiar. Así, las familias españolas, en el contexto de un rígido sistema profesionalista que penaliza el trabajo de la mujer y favorece la reproducción de desiguales roles de género (Guillén, 1997), al tiempo que mira con recelo la creciente diversidad familiar, han tenido que hacerse cargo de labores propias de instituciones sanitarias en el cuidado de los mayores y los enfermos o de agencias de empleo, en lo que se refiere a la integración laboral de muchos de sus miembros, amén de guarderías para los más pequeños (y para los que ya no lo son tanto). El resultado, una sociedad que dice respetar a sus familias como instituciones fundamentales, pero que en realidad no ha realizado un esfuerzo serio en desarrollar políticas de protección familiar que las protejan (Alberdi, 1997; 1998; Iglesias de Ussel, 1997; 1998;). Lo afirma, rotundo, Jens Qvortrup, en una de sus tesis sobre la infancia: el problema no son los padres, sino la ideología dominante en torno a la familia (1993).

 

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